sábado, 18 de julio de 2015

Apagado

Revisando debajo de nuestra cama hoy hallé aquella cajita negra que hace tiempo no se abría y me puse a investigar. Por ahí encontré una foto rota, esa que nos sacamos en Atlántida hace tiempo ya. Estaba rota, sí, algo arrugada; y también mi corazón lo está. Encontré unas bolitas, esas con las que jugaba cuando niña, esas que jamás volveré a usar. Encontré una fibra roja; y otra negra con la que estoy escribiendo acá. ¿De qué sirve que me preguntes como me siento si no te interesa escuchar? Aunque si tenés ganas de saber de mi, al celular me podés llamar. O mejor podés venir a visitarme, sabés que la bienvenida siempre va a estar. 
Hoy colgué un atrapasueños, me lo regaló una persona que no conozco, una persona de esas que ni sus nombres sé, porque últimamente he tenido pesadillas, por si te interesa saber, y me despierto empapada en mi sudor, y se me empapa aún más la cara por las lágrimas que sin intención caen; y miro a mi izquierda y es verdad... no estás.
Encontré un cuaderno que prometimos utilizar, pero me sorprendí al ver lo abandonado que está. Me ahogo y vos me observás, nada hacés para intentarme rescatar. Te sentás en un banco a unos metros del mar y te prendés un cigarro, como si fuese un momento para disfrutar. O quizás es porque te ponés nervioso y no estás muy seguro de como actuar. Pero definitivamente el mar no existe, es una metáfora para poderte explicar, porque si al menos el mar existiera mi sufrimiento sería un poco más real. Real para vos que no lo entendés, real para tu cerebro y su racionalidad. Ahogarse en la nada es horrible, es la mejor descripción que pude encontrar, necesito un salvavidas que un corazón sepa curar. Podrías ser ese salvavidas, que con un beso me devuelva los días, pero ya no me besás y poco a poco me marchito más, mientras vuelvo a tu presencia tan racional, esa que no cree que un beso sea capaz de sanar.
Encontré unos diecisiete encendedores, esos que ya no usamos más, esos que a medida que el tiempo avanzaba se fueron apagando ¡y qué curioso! apagado por la vida vas. Y a veces me pregunto si es porque siempre tengo las ventanas cerradas y no dejo que nada nuevo me venga a visitar, pero en seguida esa idea se desvanece, como todo, como todos. Y no quiero que estés acá si en está situación no me vas a acompañar, mejor dejame cerrada, abajo de una cama como a la cajita negra que cada tanto, como hoy, sale de la oscuridad. 

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