sábado, 27 de junio de 2015

Saber perdonar.

¿Por qué seguimos en ese trance de no olvidar?
Y se nos hace tan difícil recordar lo que pasó.
¿Por qué jamás sirvió como experiencia?
Y hoy duele, como dolió ayer, como dolerá mañana, el mismo dolor de hace un año atrás.
¿Por qué el invierno me recuerda a la soledad?
Aunque al despertar estés ahí, seguís dolido, mustio, taciturno.
Insignificante me sentí, mediocre, exigua.
Y los perdones se vuelven monótonos, hastiados, soporíferos, interminables, tediosos, desesperantes, adormecedores. 
Quizás porque ya no hay nada que perdonar. 
Mi corazón promete ser tu acompañante, si el tuyo le da la mano y lo invita a pasear,
porque luego de haberse perdido unos meses, es curioso que se vuelvan a encontrar.
¿Qué tanto crees en el destino, mi amado?
Yo la verdad no sé,
si es casualidad o causalidad.
Y aunque te enojes y pierdas la calma,
aunque la rabia se apodere de tu amor
y a pesar de que tus ojos se mojen 
por aquellos recuerdos
fríos
en los que te sentías solo,
sólo te puedo decir que esa época ya se marchó.
Y aunque te haya invadido la soledad, y hayas quedado vulnerable ante ella,
casi desnudo, luchando contra sus demonios cuando podías,
matándolos con un traguito de alcohol cuando no,
nunca estás solo querido,
porque te prometo que acá estoy yo.

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