sábado, 9 de mayo de 2015

Zenda

Acá estoy yo, encontrándome con una joven de ojos verdes, pelo rojizo acompañado de dos trenzas diez centímetros más abajo de sus pálidos hombros, un curioso collar lila y unas cuantas pecas adornando su bello rostro. Vestía algo extraño e inusual, pero que a pesar de sus quince años, la hacía parecer una mujer, una guerrera pura y luchadora. 
Le pregunté quién era y qué hacía aquí, recuerdo. Su boca tímida entreabierta se cerró y todo se volvió silencioso e incómodo por algunos minutos. 
Creo que escuché un "hola" 
Ya en mi habitación, la que compartiría con la joven, desempacando mi valija y colocando algunos libros sobre la mesa de luz llena de polvo y telarañas, oí el ruido de la puerta. Era ella de nuevo. 
Me comentó que se llamaba Zenda. ¿Zenda? pensé. "¡Qué lindo nombre!" soltó mi boca, pero no obtuve respuesta.
En la noche, ya acostada, escribiendo un poco a la luz de un par de velas la escuché llorar. Yo no sabía si insistir, pero sus ojos desde el primer segundo me pidieron ayuda, y yo no la pude ayudar. Aún así, dejé las hojas y la fibra sobre la cama, y bajé las escaleras en silencio, llegando a la suya, congelada y triste, como sus manos, como su rostro. 
Me acerqué a ella y la abracé. Le pregunté si se encontraba bien, y su cara me lo dijo todo. Le dije que no necesitaba una respuesta, que intente dormir que yo estaría allí, mientras acariciaba su cabello ondulado por las marcas de sus trenzas.
Cuando me desperté ella no estaba a mi lado, y empecé a preocuparme. Pero apareció con el desayuno para las dos, sorprendida de encontrarme despierta. Agarré una masita de chocolate mientras de su boca salía un "buen día", tomé la taza de café y ella empezó a hablar, realmente no escuché por llegar a la conclusión de que Zenda no quiere que tengamos una conversación, pero sí tiene cosas para decir.
Segundo antes de ir a bañarme le comenté que me hacía acordar mucho a mi, hace un par de meses atrás. Noté que su rostro se volvió curioso, pero cerré la puerta y me fui.
Mientras secaba mi cabello oí que golpeaban la puerta con timidez y abrí después de algunos minutos.
Era ella, y no me sorprendí luego de ver su rostro lleno de preguntas. Yo comencé con las preguntas, pero la más importante fue en la que curiosamente le dije si necesitaba algo, y la respuesta inesperada fue "hablar". Le comenté que eso se notaba a millones de kilómetros y que estuve intentando que lo hiciera, pero las cosas no estaban resultando como esperaba. Me dijo que no era fácil para ella, le dije que no era fácil para nadie.
Volví a encender el secador y le pregunté qué hacía aquí, me dijo que no podía seguir en su casa, que necesitaba huir. No me quise entrometer, mucho menos presionarla, entonces sólo le dije que la entendía muy bien.
Fue la primera vez que me dejó ver su sonrisa.
Luego de tener el pelo seco salí a caminar. En el lugar que me encontraba todo era grandioso. Lleno de árboles formando caminos y flores en el suelo de los mismos. Saqué un cigarrillo de mi bolsillo y mientras lo encendía escuché mi nombre un par de veces. Creí que de nuevo serían las voces en mi cabeza que anteriormente estuve escuchando reiteradas veces, pero era ella. Corrió hacia donde me encontraba y me preguntó si podía caminar a mi lado, y por supuesto que sí.
Traía una cámara, aquellas polaroid con las que tomó algunas fotografías al paisaje y también a mi. Dijo algo acerca de mi perfil izquierdo pero no presté mucha atención, en realidad, no presté nada de atención, porque estaba tratando de entender en qué pensaba.
Cuando nos dimos cuenta el sol se estaba escondiendo, como nosotras en aquel lugar, lejos de todo lo que pueda herirnos, pero aunque suene raro, casi ni intercambiamos palabras. 
Regresando con grandes sonrisas nos esperaban de malhumor, para recordarnos que no podíamos salir por más d dos horas porque podría traer consecuencias graves, y nosotras estuvimos fuera algo así como seis horas y media.
Cuando entramos a nuestra habitación teníamos un nuevo acompañante, Zenda parecía conocerlo, lo noté en su mirada, pero antes de presentarnos colocamos las fotografías en nuestro lado de la pared, y cuando quisimos saludar a aquel extraño (para mi) éste ya dormía en su cama. "Buenas noches" dije, y dos voces repitieron mis palabras.
No era curioso levantarme y estar sola en la habitación. Aunque siempre oía mucho ruido, a veces llantos, a veces personas desconocidas pidiéndole a alguien que regrese, que no los abandone, y aunque se escuchaban algo tristes, el sentimiento era el más puro que había sentido en años. 
El día de hoy tuve mi primer momento terrible y Zenda no estaba ahí, y nuestro compañero de habitación tampoco. Sentí que estaba abandonando mi cuerpo, claramente era algo parecido a estar muriendo, y no sé por qué veía a gente feliz. Por suerte fueron un par de segundos y en seguida regresé a mi realidad con ella.
Le dije que quería salir a caminar, aunque ésta vez deseaba hacerlo sola. Creo que no lo entendió y se molestó un poco, pero yo hago todo lo posible por entenderla y jamás me quejé por sus actitudes.
Me senté en una roca, observando una pequeña laguna y sin darme cuenta me dormí. En aquel sueño me encontré con una persona que me parecía familiar. Era todo oscuro, incluso yo, menos ella. Recuerdo que tomó mi mano y me dijo que me necesitaba. Le pedí disculpas por no reconocerla, y observé unas lágrimas recorriendo sus mejillas, y ella poco a poco se desvanecía en la oscuridad. 
Desperté agitada, empapada en mi propia transpiración, con Zenda y el otro chico a mi lado, preguntándome si me encontraba bien. Yo no era capaz de explicar las cosas extrañas que me estaban sucediendo, entonces simplemente contesté que sí, y que ya era hora de regresar. Fui todo el camino algunos pasos detrás de ellos, y los escuché hablar de lo mal que me veían.
Hoy decidí no levantarme de la cama, poco a poco yo también sentía que empeoraba, mis manos temblaban, me iba deteriorando, mi cuerpo sudaba, mi frente hervía. Zenda y aquel chico siempre estuvieron a mi lado.
Pasaron uno o dos meses hasta que volví a ser yo.
Salíamos todos los días, nos hamacábamos en un pequeño parque a la vuelta de donde nos estábamos hospedando, jugábamos a las cartas, también jugamos a "verdad o reto" y sentía tan extraño que después de tanto tiempo juntos ellos supieran tanto de mi y yo nada de ellos. Pero los quería, los quería mucho.
Hoy no vi a mi compañero en todo el día. Le pregunté a Zenda si algo había ocurrido y sus ojos se llenaron de lágrimas. "Su familia vino por él, logró llevárselo"
Y lo extraño de ésto es que confundí sus lágrimas de felicidad con lágrimas de tristeza.
Las cosas sin él eran algo diferentes, pero aún así nos divertíamos y nada impediría eso.
Jamás me sentí tan cómoda como en éstos cinco meses de mi vida, y Zenda era la persona que estaba buscando hace tiempo, esas personas con las que no es necesario hablar para entenderse. 
Hoy es el cumpleaños de Zenda, 12 de febrero, ella cumplía sus dieciséis años. Lo único que pude regalarle fue un collage que hice con las fotografías que hemos tomado desde que la conocí. No pensé que el día de su cumpleaños sería el día en el que la dejaría sola. Eran las siete de la tarde y ella me encontró en mi cama. Yo respiraba, pero no reaccionaba. 
Pensó que me había desmayado porque me había notado pálida y débil desde que terminé de hacer la cama luego de levantarme esa mañana nublada.
Los días iban pasando y yo seguía en ese estado, un coma profundo del que no iba a despertar. Lo que Zenda no sabe, es que el 12 de febrero a las siete de la tarde me desperté en un hospital. Vi a mi madre llorar de emoción, recordé que era quién había tomado mi mano pidiéndome que regrese en esos extraños sueños que solía tener cuando estaba con Zenda. No entendía mucho.
Miré a mi derecha y rompí en llanto. "¿Qué hace ella aquí?" pregunté. Mi madre sin palabras por haberme escuchado hablar, por verme vivir de nuevo, no era capaz de contestar y tampoco de dejar de llorar. Había mucha gente rodeándote. Cuando pude levantarme me acerqué. Yo tenía un plato el cual iba a devolver, pero lo que vi me paralizó, y el plato cayó de mis manos y se rompió en mil pedazos, como mi corazón cuando lo vi. Era mi compañero de habitación. Lo abracé, le pregunté por qué nos dejó. Él me alejaba y me decía que yo estaba confundiéndolo con alguien más. "¿Confundirte? Ella estaba con nosotros, en nuestra habitación. ¿La conocés? ¡Zenda! ¿qué le pasa? ¿se encuentra bien? me dijo que huyó de su familia." Pero la respuesta me paralizó aún más... "Soy su hermano, mi nombre es Sebastián. Ella huyó de casa, eso es cierto ¿cómo es que sabés tanto de ella? ¿quién sos? Recuerdo que llovía, subí a su cuarto y no la encontré, la ventana estaba abierta, y desesperado salí a buscarla. La encontré porque reconocí nuestro auto, ella ya estaba en coma cuando me encontré con ella, y no sé que pasó, pero dejé de vivir por un par de meses. Los médicos dijeron que evidentemente también entré en un estado de coma, pero jamás me di cuenta"
Mirando a cada uno de los familiares que se encontraban ahí observé a un señor de unos cuarenta y cinco años, con el pelo y los ojos exactamente iguales a los de aquel chico que había sido nuestro compañero de habitación, y que ahora era Sebastián. Moviendo un poco la mirada a la izquierda encontré unos ojos verdes, ¿Zenda? ¡No! Era una mujer con el pelo rojizo, y unas cuantas pecas decorando su bello rostro, y en sus manos, en sus pálidas manos, había una torta, sí, la misma torta que comimos con Zenda, acompañada de dieciséis velas. Y Zenda, Zenda estaba acostada con un montón de cables conectados a su cuerpo, y no despertaba. Y ahora estaba sola, y todavía sigo pensando si ella va a poder regresar como Sebastián, y como yo, y aún la sigo esperando.

No hay comentarios.: