lunes, 11 de mayo de 2015

Una mente en Montevideo

Hoy día escuché sonar el teléfono, quise que fueras vos, quise que estuvieras de regreso. Empacaste tus maletas y te fuiste bien lejos, te quejabas de mi, te quejabas de los viejos. No aceptabas las críticas, mientras de tu boca salía un "vistes", estabas tan empeñado en irte, que olvidaste recordarnos. "Entiendanlon" dijiste.
¿Quién te entendería así?
Solías tomar decisiones inteligentes, pero echaste a tu cabeza como si fuese un indigente. La cabecita que jamás entendió un mapa, perdida en la calle ha de estar.
Llena de ignorancia estaba, aunque la salvaste alejándola, y ella sin reproches dejó de pensar en ti, porque entendió de lo que se trata la vida, porque decidió comenzar a vivir.
Y un día me encontré con ella, estaba sentada en un banco color verde, un banco de Montevideo. Ahí donde hay muchas palomas, esperando como buitres que caiga al suelo un trozo de tu bocado. Ahí donde los edificios son altos y fríos, tan grises y apagados, es algo que me disgusta. Allá donde los autos se triplican a los de mi ciudad. Allá donde las caras son moldes de personas que carecen de sinceridad. Pero encontré una mente brillante, ahí donde todo lo gris en ésta época, adaptándose cual camaleón se vuelve marrón. Y me fui caminando con ella, y fuimos saltando charcos. Y me contó que estaba deshecha, pero necesitaba ser feliz de a ratos. Y juntamos algunas hojas, y limpiamos algunos parques, me preguntó como te encontrabas, sólo le conté que ya no me querías, me abrazó y me dijo 
"Lo siento, no tenía otra salida"




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