martes, 28 de abril de 2015

Esquinas

Mi casa está ubicada en una esquina, por lo que tengo varios vecinos en diferentes ubicaciones, algunos detrás del muro gris del fondo, otros a mi izquierda, que tienen a sus perros y suelen llevarse mal con los míos, dos familias al frente, donde antes solía vivir una señora que no recuerdo, pero que una vez me invitó a tomar chocolatada, y ahora construyeron dos casas, y van por la tercera, en la cual va a vivir la doctora que me visitó hace dos semanas, un tanto parecida a una amiga que solía tener. También hay una casita con hermosos arbustos a la derecha, y frente a ella otra en la que vivía un viejo compañero llamado Omar, viejo sabio con el que el amor era mutuo, y un día se fue, debido a su vejez.
Yo que soy una persona de esas que se despiertan y no entienden mucho dónde están, escuché el teléfono sonar, y sonar, y sonar; y luego el celular de mi madre, lo único que escuché fue "mandá saludos a Blanca" y sin darle importancia seguí comiendo mis cereales mientras miraba algún dibujito que no recuerdo porque realmente estaba un tanto cansada. Sentí cómo los pasos se iban acercando y se me paralizó el corazón, pues ya sabía que vendrían hacia mi con una noticia, que como siempre, en mi cabeza tengo un 49% de probabilidad de que sea buena y un 51% de que sea mala. Y así fue. "Falleció Enrique" dijeron. "Falleció Enrique" pensé.
"-¿Enrique, el de la casa de la derecha?
-Sí."
La noticia quizás no fue tan impactante porque Enrique tenía cáncer, lo impactante fue no haberlo visto en estos últimos días de su vida, los cuales se iban alargando y todos nos preguntábamos en silencio, cuándo pasaría aquello que no deseábamos. Y en ese momento, mientras intentaba descansar, tratando de explicarme la noticia que había recibido, empecé a recordar. A recordar las navidades arruinadas que he pasado con él, no con mi familia, con él y sus hijos. De los cuales el menor, fue quien me enseñó a andar en bicicleta sin rueditas, aquella pequeña bicicleta de Mickey. Y también recordé a su cobayo, aquel que vivió más años de lo normal, que no recuerdo si era hembra, o macho, pero si recuerdo que su libro favorito era aquel del Patito feo, ese que le leías y la criatura te miraba con aquellos ojos que incomodaban, atento a la historia. Y recuerdo a su perro, su perro Oso, ese pequeño de raza indefinida, blanco y peludo, que un día quedó sordo, y después su vista disminuyó, pero aún así siempre me reconoció, y cada vez que pude fui a hacerle una caricia. La última vez que lo vi fue en el verano del 2013, y él seguía ahí, acompañando a su dueño después de la noticia que por supuesto entendió antes que cualquiera de nosotros, y que probablemente hoy no esté acá, pero acompañó a Enrique todo lo que pudo. A pesar de no escuchar, de no ver, de estar atado y de dormir en éstas noches frías de invierno de la Ciudad de la Costa en aquella casita de madera construida para él. Y otra más, a su lado, que probablemente sería de un perro que no recuerdo. Quizás su hermano, o su padre, o simplemente un acompañante. Enrique solía saludarme con felicidad, pero éste año, cada vez que lo veía sentía que no quería saludarme, quizás porque en su cabeza lo tomaba como una despedida, y yo también. Pienso en su hijo mayor, el cual estoy segura que me comprende tanto como yo a él, aunque hace años que no lo veo. Otro tipo loco e inteligente, como todos los locos del mundo. Esos que siempre querés tener al lado aunque te hagan daño, porque son esas lastimaduras lindas que nos hace la gente, y que con el tiempo nos adaptamos a ellas. Y la mujer de Enrique, la novia, la pareja, esa que no estoy segura de conocer mucho, pero si del cariño que llenó de vida a mi vecino. Y la madre de éste señor, ella que todavía se acuerda de mi y de las cosas que hacía de pequeña, pero que no creo reconocerla si la veo por la calle. Los recuerdos ahora son lo único que tengo, como cuando falleció Jorge, mi visita favorita en los cumpleaños, sus hijos unos guerreros, al igual que su mujer Lilián, esa que aún sigue firme, intentando seguir adelante, y día a día lo consigue. Aquella vez en la que estaba durmiendo en el comedor, y mi madre entre llantos me dijo que él había fallecido,  horas después de haber hablado por celular con el mismo, de arreglar día y hora para juntarse a tomar unos mates, en los que él le contaría sus proyectos acerca de viajar para ver a su hijo, y simplemente pasó, y nunca termino de entender por qué, ni cómo.
Cuando oigo hablar de la muerte, no sé si mi alma se llena de coraje, junto a un espíritu aventurero que me sugiere investigar cosas que no sé si podré, o si me aterra, me aterra tanto que me vienen ganas de quedarme con las personas que quiero todo el día acostadita en la cama, para no perderlos de vista, para poder actuar si algo sucede, y ahí es cuando entiendo que es un tanto ridículo, pero la muerte, fría y rápida, es aquella que no me deja dormir tranquila cuando las personas de mi vida se alejan de mi, enojados, o cuando pido que se retiren y no soy capaz de despedirme.