domingo, 26 de abril de 2015

Domingo futbolero

Hoy desperté contigo a mi lado, y aunque las cosas no resultaran realmente como esperábamos, estabas allí. Me cuestiono algunas cosas acerca de las discusiones que hemos tenido a lo largo de éstos años, pero el hecho de verte hace que simplemente desaparezcan. El tiempo al lado tuyo viaja tan fugaz como las estrellas que observamos por las noches en la costa. Casi tan rápido como la luz.
Y ahí están dos enamorados tratando de encontrar su libertad. Hablando sin decir nada, besándose sin rozar sus labios, acariciándose sin siquiera colocar las yemas de sus dedos sobre alguna parte de su cuerpo. Es un espacio que se creó hace millones de años atrás, en el que los enamorados se refugian cuando quieren estar solos, con la única compañía de uno mismo, porque realmente ellos dos, nosotros dos, somos uno. Es un lugar en el que el pasto abunda y podemos encontrar varias guitarras sin dueño por la vuelta. La contaminación misma de la ciudad de Montevideo se desvanece rápidamente en el maravilloso color violeta del cielo durante el otoño. Y se ven manos agarradas, de esas que no se despegan, abrazos, miradas que comienzan a encontrarse, más abrazos, una suave caricia sobre sus cuellos, algunos abrazos más, y si nos mantenemos en silencio podemos escuchar los latidos de sus corazones pidiendo a gritos una eternidad en aquel paisaje, y si observamos con delicadeza quizás podamos ver sus almas conectadas con finos hilos que a simple vista somos incapaces de predecir. El viento que también los acaricia pide compañía a las hojas de los árboles que sin siquiera dudarlo obedecen a quien les ofrece unos mimos suaves, cada día de sus vidas, durante cada estación. Las parejas que se atreven a cruzar aquella montaña verde que se ve a lo lejos descubren el paisaje ideal para la ocasión, y se sientan en aquel banco color papel, junto a los caminos coloridos, amarillos, marrones y verdes por las hojas que acompañan a abril, y otras color rosa de aquel palo borracho que está defendiendo su cuerpo de éste amor adolescente que alguna vez lo lastimó y generó gruesas espinas. Y ahí los encontramos, observando un río y el sol que muere, mientras su compañera blanca y brillante lo sustituye y arropa a los enamorados, iluminando sus rostros y bañándolos con un azul oscuro que no puede opacar la luminosidad de su amor. Y ese es el momento en el que deciden regresar, y sin darse cuenta simplemente están acostados, tomados de las manos, mirando un capítulo de los Simpsons, y ahí, ahí es a donde me llevás vos, amor de mi vida.